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La superstición de la mala suerte al romper un espejo

 

 

 Siempre me apasionaron las supersticiones, esas conductas psicológicas arraigadas por tradición en nuestras mentes y sin base científica contrastable que las sustente. Frases como “yo no creo, pero por si acaso…” las he escuchado cientos de veces. Psicológicamente este tipo de creencias están muy cercanas a la neurosis obsesiva y provienen de la etapa “animista” religiosa, en la que se culpaba (o agradecía) a ciertos espíritus, generalmente relacionados con fenómenos naturales o con la misma naturaleza con la que se compartía el ecosistema. La base es exactamente la misma: de una acción u omisión ante un fenómeno que en algún momento se pudo relacionar con una desgracia sin mayor relación causa-efecto que el azar, se crea una ley universal transmitida a través de generaciones y transformada en relación a la coyuntura y cultura de cada generación a la que se traspasa el conocimiento, sustentado sólo por el miedo que quien lo transmite añade al todo. En breve hablaremos del origen de las religiones (psicológica y antropológicamente), así como de muchas más supersticiones. La que nos ocupa en este caso es la de la mala suerte que se atrae cuando se nos rompe un espejo.

 

 Curiosamente, la idea irreflexiva se origina muchísimo antes de la existencia de que los espejos de vidrio, tal y como los conocemos actualmente, y aparece como fusión de factores religiosos y económicos. Los primeros espejos utilizados en la antigüedad (por egipcios, hebreos y griegos) se forjaban con metales (oro, plata, broce, latón...) pulidos que, lógicamente, eran prácticamente irrompibles (pero como todas las supersticiones varía por la evolución cultural).

 

 El pueblo griego, muy aficionado a todo lo relacionado con la adivinación y lo misterioso (sus avances en Filosofía y Matemáticas tienen un origen de adivinar “racionalmente” los acontecimientos futuros), entre otras artes adivinatorias practicaba un tipo de adivinación basada en los espejos (catoptromancia), en la que se empleaban unos cuencos de cristal o cerámica llenos de agua a modo de las actuales bolas de cristal. Esos cuencos de cristal se creía que revelaban el futuro de cualquier persona que reflejara su imagen en la superficie del mismo. Los pronósticos eran interpretados por un vidente especialista en la técnica (y normalmente en muchas otras). Si uno de estos cuencos (recordad que eran de cristal, como los espejos) se caía y se rompía, el vidente no podía menos que decir que no había futuro que interpretar (el cuenco roto no podía decir el futuro), de lo cual, silogísticamente, el susodicho no debería tardar demasiado en morir, o que, en el mejor de los casos, el futuro de esa persona era tan sumamente desgraciado que los dioses querían ocultar el futuro para no anticipar dolor...

 

 Los romanos adoptaron de una manera peculiar la cultura griega. Como el pueblo romano era guerrero y bastante bárbaro, decidió utilizar la cultura griega, que era muchísimo más avanzada. Pero claro, esa cultura se mezcló con sus ideas preconcebidas y sus ritos ancestrales, dándole nuevos matices que modifican (aún más irracionalmente) la superstición, acercándola más a la de nuestros días. El siete es un número mágico por naturaleza, muy místico y utilizado esotéricamente por la mayor parte de pueblos clásicos. En este caso, los romanos aseguraban que la salud de las personas cambiaban en ciclos de siete años. Dado que los espejos reflejan la apariencia de una persona (el físico, diferente de la mente y donde radica la salud, que es plenamente física), un espejo roto anunciaba siete años de mala salud y de desgracias.

 

 Pero para que una superstición sea llevada “in extremis”, hay que encontrarle una aplicación práctica (y curiosamente casi siempre económica), y eso se dio en la Italia del siglo XV. Los primeros espejos de cristal eran verdaderas joyas con revestimientos de oro o plata, y eran símbolos del poderío económico de la familia. Por si no lo sabéis, en Italia en esa época existían miles de familias nobles, pero muchas sin apenas posesiones, y la cultura del “qué dirán” y de vivir de cara a la galería para evitar habladurías. Evidentemente, estos espejos personales y artesanales eran sumamente caros y para que los sirvientes los tratasen con sumo cuidado, se les advertía severamente que romper uno de esos nuevos tesoros equivalía a siete años de grandes desgracias (peores aún que las de servir).

 

 Este uso “engañoso” de la superstición sirvió para intensificarla, para aumentarla, para llevarla a la vida común de los mortales de a píe, más cuando en Francia e Inglaterra en la época industrial se empezaron a fabricar y comercializar espejos de cristal barato.

 

 Antropológicamente, es posible que la superstición también tuviera una base primitiva de la diferencia entre cuerpo y alma. Los pueblos primitivos no sabían como explicar la muerte, pues el cuerpo quedaba, físicamente, pero algo le debería faltar para perder su esencia humana (o incluso la animal). La idea de espíritu necesita un sustento cultural superior, por lo que se piensa en el aliento porque las muertes no violentas van seguidas de una última y profunda exhalación, a la cual los primitivos atribuían como salida del alma del cuerpo. Quizás al acercarse a un río y verse reflejados podían pensar que el reflejo era el alma. Y como normalmente se acercaban a los ríos para pescar o cazar en sus alrededores, era posible que muchos muriesen en estas tareas, y es posible que se diese algún tipo de superstición relacionada con la manera de reflejarse. Y tendría mucha relación con lo que muchos exploradores modernos se encontraron en África, Oceanía y algunos pueblos indios de Estados Unidos, donde al ver una fotografía, los nativos se negaban con pavor a fotografiarse por miedo a perder su alma, su espíritu y, por lo tanto morir, debido a que la fotografía mostraba un “reflejo” de su persona…

 

 Pero por si acaso, no rompáis ningún espejo o, por lo menos, vigilad con no cortaros...

 

 

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